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Aranda de Duero no es Benicàssim, ni falta que le hace

Pensábamos que cuatro días de festival se nos iban a hacer largos, que acabaríamos saturados de música. Pero ya es martes, toca volver a la realidad y el Sonorama se nos ha pasado como un suspiro, como cuando sólo duraba dos días y el único escenario se montaba en un polvoriento campo de fútbol.

Lejos de los estratosféricos (y subvencionados) carteles de otros festivales, plagados de estrellas internacionales, el evento arandino presentaba una propuesta más modesta: sin tanto sol (al menos en teoría), sin playa y con grupos de casa, como La habitación roja, Dorian, Dos bandas y un destino o Niños Mutantes, pero con muchos otros atractivos de los que el mercado de festivales, absorto en contratar a grandes estrellas a precios desorbitados, debería tomar nota.

Y Art de Troya, la asociación cultural que lo organiza desde hace catorce años, lo volvió a lograr. Las 10.000 personas que cada día se congregaron en el recinto descubrieron, o revivieron, un festival que, como su director, Javier Ajenjo, no se cansa de repetir, es diferente a todos los demás. Lo es porque ningún otro posee un escenario en el centro de la ciudad por el que quieran pasar todas las bandas a horas intempestivas, por dar a conocer la gastronomía de la tierra y, sobre todo, por haber forjado un estilo, una marca, de la que forman parte artistas del nivel de Xoel López o Nacho Vegas, que no se cansan de volver año tras año porque saben que aquí juegan como locales.

 

Si a esos nombres propios, que suman varias ediciones a sus espaldas, les añadimos nuevas promesas de la escena independiente nacional y un puñado de grupos internacionales de caché más bajo (que no de menos calidad) el resultado no puede ser otro que el que hemos presenciado.

El jueves, día de puertas abiertas, comenzó con unos animados La Sonrisa de Julia, que, a pesar de tocar bajo un sol de justicia y enfrentarse a un escaso público, ofrecieron un excelente espectáculo, en el que su cantante, Marcos Cao se dejó la piel en temas como Loco o Bipolar.

Después de Eladio y los seres queridos, un grupo que desconocía y que tendré que seguir más de cerca, llegó el momento del ex cantante de Los Ronaldos, Coque Malla, que, acompañado de una eficiente banda, se presentaba como uno de los platos fuertes de la noche. No fue mala, ni mucho menos su actuación, pero su repertorio, que habría brillado en cualquier teatro, pasó sin pena ni gloria entre un auditorio que sólo se emocionó con No puedo vivir sin ti, que está pasando una segunda juventud tras sonar en un anuncio de Ikea.

Coque Malla en el Sonorama

Sin parecerme un gran grupo ni antes ni después de su directo, hay que reconocer el mérito de Miss Caffeina, que puso a bailar a miles de espectadores por primera vez en el Sonorama de este año.

El último concierto que pude escuchar esa noche fue el de La Frontera, esa formación de finales de los ochenta que más de uno imaginaba desaparecida. Grandes músicos como son, ofrecieron una generosa ración de rock sureño, que no fue suficiente para atraer a un público que todavía no tenía uso de razón cuando sus éxitos sonaban en las radios españolas. Ni El límite, ni Juan Antonio Cortés resucitaron un concierto que muchos abandonaron antes de tiempo.

Sé que fue un error, pero por cuestiones de trabajo esa noche me perdí a Triángulo de amor Bizarro y a Sex Museum, que, a tenor de lo leído en Twitter, fueron los triunfadores de la primera noche en tierras ribereñas.

A continuación incluyo las cuatro crónicas que envié como redactor de la Agencia Efe:

-Jueves: “Miss Caffeina le gana el pulso a los noventa en la primera noche del Sonorama”

-Viernes: “Viejos conocidos del festival triunfan en la segunda jornada del Sonorama”

-Sábado: “Xoel López se reencuentra con un Sonorama al que Supersubmarina puso a bailar”

-Domingo: “Amaral se lanza “hacia lo salvaje” en el cierre del Sonorama”

 


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